jueves, 3 de enero de 2013

La luz eléctrica


¡Y se hizo la luz! Sí, corría el año 1889 cuando por primera vez se ilumino con luz eléctrica alguna localidad cubana. Las dificultades de convivencia que provocaba la falta de alumbrado público dieron lugar a que, a finales del siglo XVIII, se comenzaran a tomar medidas para proporcionar iluminación a los escasos habaneros que, durante la noche, se vieran obligados a recorrer las calles.
Muchos cacos se aprovechaban de la oscuridad reinante. La Isla vivía con el sol. La gente se levantaba al amanecer y se acostaba al atardecer. Aquel que tuviese la imperiosa necesidad de una gestión nocturna debía llevar delante un farolón de mano o un hachón de tea que terminaba por ahumarlo todo. Las personas acomodadas se hacían acompañar de una cohorte de servidores, algunos de ellos con la misión de protegerlas y otros con las de abrirles paso alumbrándoles el camino.
Así, hasta mediados del siglo XIX, cuando llegó el alumbrado de gas a La Habana y luego, en la segunda mitad del mismo siglo, con el alumbrado por petróleo (¡La luz brillante!). Más tarde se comenzó a hablar en los círculos científicos de la capital cubana de las experiencias que se habían llevado a cabo en varios rincones del mundo para utilizar la todavía misteriosa electricidad como elemento lumínico.
Desde 1879 algunas importantes ciudades extranjeras (muy pocas por cierto) disfrutaban en cierta manera de alumbrado eléctrico. La compañía Hispanoamericana de Alumbrado y Fuerza (que no era española sino yanqui), radicada en la Isla, se dispuso a instalar este sistema en La Habana y, si todo salía bien, en el resto del país.
Los planes, proyectos, estudios, pero, sobre todo, el papeleo burocrático que caracterizaba la enorme red administrativa del colonialismo español, retrasaron hasta el año 1888 el permiso para instalar arcos voltaicos que iluminasen las dos calles más comerciales que en aquellos tiempos tenía la ciudad: Obispo y O´Reilly. Previamente, en la que fuese la fábrica de gas de Tallapiedra se había montado la maquinaria necesaria y una dinamo monofásica. La potencia de la que pudiera considerarse la primera fábrica de electricidad habanera era de solamente 100 kilowatts, y su capacidad daba nada más para 2000 bujías de 16 watts.
Sin embargo, una modesta localidad de la Isla se había adelantado a la capital en el empleo de la electricidad como fuente del alumbrado público: la Compañía de Electricidad de Cárdenas, creada por el empresario hispano don Antonio Prieto, que comenzó a instalar su fábrica en los últimos meses de 1888 y la inauguró oficialmente el 7 de septiembre de 1889, algunas semanas antes de que se iluminasen eléctricamente las principales calles comerciales de la Habana.
Aquella modesta planta cardenense tenía capacidad inicial para alimentar los 83 focos que constituían el alumbrado público de la urbe y para los 318 bombillos de uso privado que contrataron sus servicios en los primeros meses de su existencia.

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