jueves, 3 de enero de 2013

El automóvil en cuba


Mientras los cubanos luchaban por conseguir su independencia de la metrópoli española, en el mundo comenzaban a rodar los primeros automóviles. En varios lugares del planeta algunos hombres, con más deseo que suerte y herramientas, se enfrascaban en intentar conseguir vehículos que prescindiesen de los caballos y, como por arte de magia, rodaran ante sus ojos y los de sus asombrados vecinos.
Así, se veían temblequeantes y complicadas máquinas que se asemejaban a cualquier coche tradicional, solo que sin caballos. Con una caldera de vapor, como si se tratara de una modesta locomotora; y unos complicados mecanismos eléctricos; alimentados primero con carbón y luego con gasolina; raros aparatos rodaban por la vía pública ante el asombro y temor de los peatones.

Hasta 1898, cuando todavía no habían dejado la isla las últimas tropas españolas, hizo su aparición en Cuba el primer automóvil, cuya velocidad máxima no sobrepasaba los 12 kilómetros por hora. Lo trajo el señor José Muñoz, quien había pasado los años de guerra en Francia, donde presenció el auge que el nuevo medio de transporte comenzaba a tener y pensó que a su regreso a Cuba podría hacer un buen negocio con esto.
Aquel artefacto de marca La Parisiense costaba unos seis mil francos (cerca de mil pesos) y, aunque los negocios que redondeaba en su mente Muñoz no pasaron de su imaginación, la curiosidad generada por el automóvil hizo que, poco a poco, fuesen rodando por las no muy adecuadas avenidas cubanas nuevos y cada vez más sofisticados vehículos de motor.

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